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Una pequeña isla de Melanesia en la década de 1990 atraviesa una guerra civil. Matilda, una niña local, cuenta la historia: su padre ha migrado a Australia, los hombres adultos se han ido, los jóvenes se han unido a las guerrillas y la escuela se ha quedado sin maestros. En medio del caos hay un hombre blanco, el único de la isla, un expatriado melancólico que se hace cargo de la escuela de la manera más simple: lee a los niños libros en voz alta; les lee, sobre todo, libros de Dickens, y especialmente uno, "Grandes esperanzas". Matilda queda fascinada por la historia del huérfano Pip, su mejor y hasta su único amigo, pero la crueldad de la guerra da un giro inesperado a esta entrada de un personaje de ficción en la vida real. Esta es una novela inteligente y conmovedora, una bella parábola sobre el poder de la literatura, con momentos verdaderamente poéticos (como las lecciones que una anciana de la isla da a los niños sobre el color azul). Claro, la crítica fácil podría señalar la fantasía colonial del salvador blanco, el aparente racismo de toda la situación y hasta la apropiación cultural de Lloyd (escritor blanco) recreando la voz de una niña negra. Sin embargo no es tan fácil: Dickens es solo una excusa, pero Pip es el personaje perfecto para esta alegoría; en cuanto al improvisado maestro, el señor Watts, hay que leer la novela para entender lo poco que tiene de patriarca blanco. Si uno entra sin prevenciones en la fábula, al final lo importante es cómo un libro sostiene una vida, muchas vidas, en medio de la desesperanza.
