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En 1831, Tocqueville y su amigo Gustave de Beaumont viajaron por el actual Michigan, desde Detroit hasta Saginaw, para explorar lo que entonces parecía la frontera de la "civilización", es decir de la colonización. Aunque los españoles ya habían llegado a la costa oeste desde México, para muchos el mapa seguía siendo confuso y Tocqueville veía en los grandes lagos la frontera del océano Pacífico. Atraído por la idea de lo inexplorado y lo salvaje, avanzó por los bosques y los pantanos en busca de alguna epifanía. El recuento de su travesía tiene imágenes sorprendentemente poéticas, si uno logra aislar el racismo rampante. La agudeza de Tocqueville lo hace consciente de que aquellos bosques caerán para abrir camino al progreso, un dilema al que vuelve una y otra vez. Hay que decir que la traducción del título no es la mejor: aunque Tocqueville usó el francés "désert", era evidente que se refería a zonas despobladas, no desérticas.
